En un paraíso costero de Venezuela, la chatarra ayuda a sobrevivir tras terremotos
De uno de los tres edificios del complejo La Mar Suites en Tucacas, un pequeño paraíso costero del norte de Venezuela, ya no queda más que un montón de piedras sobre el que unos hombres recuperan chatarra.
Una docena de personas, cuyos cuerpos fueron sacados de entre los escombros, forman parte de los más de 5.300 muertos del doble sismo ocurrido el 24 de junio en Venezuela. El conjunto residencial, que solía llenarse los fines de semana y recibía turistas de todo el país, por fortuna tenía poca ocupación ese miércoles del desastre.
Tucacas es una pequeña ciudad situada en la entrada del Parque Nacional Morrocoy, un paraíso de hermosas playas, pequeños islotes con barrera coralina (cayos) y manglares, hábitat de tortugas y flamencos rosados.
Con mascarilla para protegerse del polvo y también para evitar ser reconocido, uno de los chatarreros que rebusca entre las ruinas admite bajo anonimato: "A estos (los muertos) ya no le sirven, ya no le sirve a nadie, a nosotros sí".
Los chatarreros no tienen permiso para subir al edificio derrumbado, pero pueden recoger metales y otros materiales que hayan caído a los lados de los muros desplomados.
- "Sin dañar a nadie" -
Al pie del edificio, en la zona autorizada, dos hombres reúnen chatarra en una manta que llevan hacia un montículo antes de regresar por más.
José Luis Teras, de 53 años, trabaja en la playa. "Yo vendo heladito de coco, el magnum, cornetto, bombón, batibati, mantecado, pastelado, manzanita, banana, frutales, ¡rico sándwich!", recita como un mantra su pregón. "Pero ahora mismo no hay trabajo. Recogemos chatarra para sobrevivir, sin dañar a nadie, sin faltar el respeto a nadie", dice.
"Cualquier hierro, cualquier aluminio que nosotros ganamos, cualquier cobrecito (...) se lo vendemos al chatarrero. Nosotros vendemos una tonelada de eso, y esa tonelada nos hace 60 dólares, para tres personas, salimos a 20 dólares cada uno", explica.
"Me estoy ganando la vida, no voy a robar", asegura Teras, quien dice haber hecho las veces de albañil, electricista y obrero. "Somos utilistas, patrón, lo que tú me pongas a hacer, nosotros trabajamos", afirma con labia.
Unos policías llegan al lugar y los chatarreros que estaban moviéndose sobre el edificio bajan a la zona autorizada. Los agentes, que no se dejan engañar, reprenden a uno de ellos.
- Colchones y dólares -
Al pie del edificio, decenas de colchones destripados. Como en La Guaira, un poco más al este, donde se concentra la mayoría de las víctimas y de los daños, saqueadores buscan dinero escondido.
Ante la fuerte devaluación de la moneda, el bolívar, muchos venezolanos guardan dólares en su casa, y se dice que con frecuencia dentro de los colchones...
Los policías se alejan. Dos hombres cargan un colchón intacto en una moto y se marchan. Dos vigilantes los observan desde lejos. "Son unos abusadores. todos los días metiéndose. No tienen ningún respeto por nada, por nadie", comentan.
En la playa, Luis Enrique Aranguru, de 38 años, recoge mejillones y pequeñas conchas "para comer" y chucherías "para recuperar", como una sandalia de plástico o un trozo de chatarra. "No está fácil en este momento", confiesa.
Cerca del puerto, actualmente cerrado por el doble sismo, Luis Miguel Sánchez tiene una embarcación que lleva a turistas a las pequeñas islas por hasta 150 dólares ida y vuelta.
"Bajó un poco la afluencia con el terremoto, pero gracias a Dios ya están llegando turistas, que es lo importante", dice Sánchez, de 53 años.
"Todos los cayos tienen todos sus servicios, todos están trabajando normalmente". Para quienes vienen de todas partes del país, "aquí es un paraíso", ratifica.
Z.Gaillard--PP